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Lo que me encanta de Barcelona
28 Mar
Publicado por Francisco Rosal en Cosas de la vida
Si hay una zona que me encante para pasar las tarde-noches en Barcelona es Ciutat Vella. Un clásico. Me gusta esta zona por dos motivos: Es una gran zona comercial de Barcelona y porque está llena de gente, en su minoría interesante.
Últimamente estoy viendo que la gente de aquella zona es un poco diferente del resto de Barcelona. Siempre he pensado que los barceloneses son algo creídos y soso, sobre todo en las zonas residenciales de l’eixample. Pero como se nota que la mayor parte de la gente que encuentras un viernes a la tarde por esa zona va a pasárselo bien y a conocer gente.
Pasear por aquella zona que encierra gran parte del pasado de la ciudad, el Palau de la Generalitat y l’Ajuntament de Barcelona están justo en el barrio gótico, aumenta el encanto de cada paso siempre que uno se encuentre en buena compañía.
El principal inconveniente que encuentro a las horas que yo frecuento la zona es que me da un hambre tremendo. Pero eso tiene fácil solución. Además de la infinidad de restaurantes de comida rápida que hay en el distrito (de memoria ahora cuento unos 12) hay un lugar clásico en Barcelona. En Plaça de Sant Jaume, justo al lado de la Generalitat está uno de los restaurantes más encantadores de la ciudad.
Los bocadillos de Conesa son además de baratos (comer dos personas por unos 10€ en pleno centro de Barcelona me parece un precio muy bueno), sublimes y sanos. Tienen un estilo propio de hacer los bocadillos. El problema es que la gente abarrota ese lugar a las horas de comer y cenar, así que hay que ir concienciados para hacer algo de cola.
Descartando poder comer en el propio restaurante (cosa que no recomiendo) hay que buscar un sitio donde degustar esas perlitas calientes que llevamos en la bolsa. Nada está al azar en Barcelona, y menos de 100 metros bajando la misma calle del Conesa encontramos la Plaça del Rei. Una plaza cerradita, con unas escaleras muy grandes donde sentarse a comer el bocadillo, bajo las pocas estrellas que se ven en Barcelona, la Luna y entre los muros de la Barcelona medieval.
El encanto de la plaza invita a ir con alguien amable (en el sentido de alguien a quien se puede amar), pero si no contamos con esa clase de compañía la plaza siempre brinda su show para poder echarse unas risas con los amigos.
De bodas y menús infantiles.
1 Feb
Publicado por Onebyone en Cosas de la vida
Dentro de unos meses toca boda, la de un pariente muy cercano (mi tío), y eso conlleva un grado mayor de involucración en el asunto, así como también algo de ventaja.
Ventaja… ¿Por que? Pues por que no tendré que sentarme en una maldita mesa “de niños” dónde la edad más próxima a la mía es de once o doce años. Ni comer macarrones y escalopa de pollo mientras los otros se meten el gran banquete.
Esto es una reivindicación, así de claro. Estoy harta de ir a una boda con toda la ilusión del mundo para probar los “Filetes de ternera con reducción de Oporto flameado y milhojas de yuca con arándanos”, el “Rape al horno con muselina de ajo tierno y carpaccio de gambas” o los granizados de Maracuyá/Cualquier Fruta Exótica que se sirven entre plato y plato y saber que después del aperitivo (gracias a Dios por los aperitivos dónde las mesas de quesos, jamón, sushi, cazuelitas y pinchos rezuman opulencia y evitan que me muera de asco en la mesa) me tocará sentarme en la otra punta del salón o
directamente apartados en otro piso (que si, que eso me ha pasado ya dos veces), con unos “adorables niñitos y niñitas” vestidos correspondientemente y sentados en círculo a mi alrededor pidiendome que les eche el agua, que les corte el pollo y que cuente historias (esto último es lo único que no me molesta… hasta que les has contado diez) mientras sus padres están de chachara, cachondeo y comiendo agradablemente en una mesa dónde la comida ni vuela, ni nada, ni patina. Ni se manchan entre ellos.
Hombre, lógicamente hay gente (niños) que prefieren comerse los macarrones/espaguetis y la escalopa/pizza, pero es que yo lo he odiado toda la vida, los menús infantiles son la peste. Nunca en mi sano juicio he pedido uno, ni con 2 años, ni con 9. Y mis padres tampoco lo han hecho por mi. Aunque he de decir que en las 3 últimas bodas la camarera era enrollada y me traía los platos del menú correspondiente.
Bueno, sigamos con esta queja abierta a los menús infantiles y las mesas de niños. Claro, para los padres es más fácil dejar al hijo en manos de una adolescente (por que casi siempre da la casualidad de que estas sola o vienen dos más a quienes casi no conoces) o de unos animadores que pululan por ahí (otro tema a tratar más adelante), y que se manchen ellos eh. Deja, deja, vaya a ser que me manche el vestido y tengamos que recurrir al quitamanchas… Además cariño, por un día que podemos estar los dos sin que esté molestando, deja que joda a otros. ¡Pues no! ¿A que has sido tu quien ha querido a un monstruito? Pues lo aguantas hasta en las bodas, he dicho.
Despues de la comida… ¡Llega el momento de los animadores! Divertidísimo, enserio. Cómo lo odio. Más que nada por que me tratan como si yo fuera… Una niña de 7 años. Ni más, ni menos. Ese es el momento en el que me escaqueo y me voy al buffet de postres que suele haber y me siento en la mesa de mis padres con una silla que cojo de alguien que ha tenido que irse “por casualidad”. A mi que no me fastidien.
A ver, a mi me encantan las bodas, y uno de los motivos es el banquete (no infantil). El aperitivo (“Imágen de Homer Simpson pensando en unas chuletas de cerdo y babeando por ellas”) y esos platos con nombres tan largos y raros y que molan un huevo (otra vez Homer). Por eso, en esta próxima boda, ya le he dejado claro a mi tío que o me sienta con los “adultos” o voy vestida de Clone Trooper (que capaz lo soy).
Ah, y prometo solemnemente que si un día me caso suprimiré la mesa infantil y su horripilante menú. Sin peros.
